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ODA a “El caballero de la armadura oxidada”

¿O es el caballero oxidado de la armadura?

(Bueno, esto es algo así como una oda, una pequeña
alabanza a las corazas, a las caretas, a las creencias y a lo
que, a veces, nos enfundamos para aparentar, para ser
“aceptado”, para adoptar y adaptar un rol ficticio, porque
nuestro interior no nos gusta… Entonces nos embarcamos en
cosas que no son nuestras: cruzadas, misiones, actos en los
que no creemos en el fondo, pero como llevan un bonito traje,
frac, coraza o armadura ¡Ahí que Vamos!)


CUENTO DEL GALLARDO CABALLERO OXIDADO

Érase una vez, un gallardo y apuesto guerrero, enfundado en
un envase de hojalata, sin marca, porque era marca “blanca”,
porque era blanca y sin anillas para poder tirar de ella y
automáticamente abrir el envase, dejando paso al apuesto
cuerpo del gallardo combatiente.

Mas he aquí que el susodicho apuesto, hacía ya como varios
meses, que entre pinto y baldomero, creo recordar que dijo se
trataban de nueve (el embarazo completo), que no se había
quitado de encima el susodicho latón de envase, con lo cual
arduo fue el intento el día en que decidió quitarse de encima
la herrumbre, que, notaba ya él, que empezaba a olerle feo.

He aquí, pues, que al pie de un algarrobo, el susodicho dejó
caer la pesada espada de dos filos, la funda pesada de la
agotadora espada de dos filos (que, por cierto, según dijo,
pesaba más de cinco kilos ¡XD!). Llegado el susodicho
momento, tiró de uno de sus guantes, también ellos pesados,
de alambre de aquel tiempo, en que se empeñaban en creer
que si eras un soldado de metal o plomo, como que era más
difícil atravesarte o aplastarte. Claro, esto era totalmente
cierto, ya que no estamos hablando ni de navajuelas ni de
agujas de costura ni de pedruscos cualesquiera ellos de los
caminos concurridos por los famosos caballeros andantes.
Pero hay que tener en cuenta que, si tenían que atravesarte,
pues te atravesaban con las aviesas y pesadas espadas de
dos filos de cinco kilos, o bien te daban un mandoble que se
te iba para dentro de las costillas el susodicho latón incluido,
siendo, pues, que no sé por qué cuento se creían esos
susodichos famosos andantes enfundados en botes de
hojalata, que no solo eran más bellos (cosa cierta ya que no
les quedaba expuesto ningún pellejo), sino que eran
invulnerables a su peor enemigo: la muerte, la cual, muy burra
ella, se servía de parcos guerreros, labrados de
embrutecimiento y de suciedad y llagas a lo largo de los pocos
tiempos.

He aquí, pues, que lo que fue en su día el gallardo guerrero,
enfundado en bote de hojalata, se convirtió en, ni más ni
menos, que en una miserable lombriz, al pie del robusto
algarrobo, el cual, por cierto, jamás entendió que ciertos
individuos pudiesen hacer tales barbaridades de enfundarse
en hojalatas y, luego, llamarse “caballeros”.

Tan mal estaba el susodicho, que al quitarse primero un guante
de malla de alambre, observó que lo que antes había sido su
mano, parecía tratarse ahora, más bien, de un pimiento en
conserva. Había perdido no solo el color sino la defensa dermil
que nos cubre y protege de lo adverso. Algo parecido a un
trozo rojo encarnado colorado, medio violáceo ya, apareció
bajo ese apreciado guante de malla de alambre que usaban
los gallardos caballeros.

Procedió, ya un poco preocupado, a extraerse la otra funda y,
¡zas!, se dio cuenta de algo peor incluso: harto ya su cuerpo y
su piel de tales barbaridades, había dejado esta de enviar
señales ni de irritación, escozor o dolor, con lo cual algún que
otro trozo de materia corporal más importante, terminó
enganchado en la funda que lo cubría.

Procedió, ahora ya sí, a quitarse la tapa de lo que cubría la
parte superior del cuerpo… y “¡Dios! –se dijo–, ya decía yo que
olía un poco fuerte…”

Enganchados a la parte interior del forro de hojalata, iban, no
solo restos de pelos, sino que incluidos estaban los pezones
de su pecho,… casi toda la piel se había, materialmente,
fundido con la malla que le separaba de la tapa de la lata de
hojalata delantera…

Sintiéndose desesperado, se tiró al suelo, sin saber bien, bien,
qué hacer el valiente y gallardo caballero,… no sabía si salir
corriendo, tirarse al agua del río que pasaba cerca,… llorar o,
simplemente, volver a ponerse el bote de hojalata e irse
directo a la cima del puente del río y tirarse para caer en la
forma que fuese, porque, ya, francamente, le importaba un
bledo.

Entonces, gritó y gritó:
“¡Cagoentó! ¿Por qué nos engañan a los “hombres” y nos
venden la camella diciéndonos que la guerra no solo hace
fuertes y valientes, sino que, además, vamos a tirarnos a cien
mil dulcineas? (por lo menos a una que se deje)”

****

Esta, amiguitos, es la historia, triste historia, por cierto, de un
gallardo caballero, que por querer ser más de lo que llevaba
dentro, se enfundó, un día, dentro de un bote hojalatero.

“¡¡¡¿Por qué?!!! ¡¡¡¿Por qué?!!! ¡¡¡¿Por qué?!!!” Se le oía, todavía
hoy gritar, por allí, por Alaska ¿o era por la Antártida? Bueno,
no sé… ¿lo sabéis vosotros?


Texto perteneciente a próxima publicación-recopilación de artículos y cuentos de este blog: Humanos en el Cosmos. Autora: Aquarius.

“El apocalipsis de Leningrado”. Cuando la psique humana deja ver su auténtica Luz en medio del horror más absoluto

El resumen, extraído de Wikipedia, para re-situarnos temporal-mente, y, aunque esto sucedió no hace apenas SETENTA AÑOS, debemos recordar tanto el horror, como las actitudes contrarias que se vivieron en aquellas circunstancias.

El sitio de Leningrado (en ruso: блокада Ленинграда, translitera a blokada Leningrada) fue una acción militar alemana durante la Segunda Guerra Mundial encabezada por Von Leeb, que buscó inicialmente apoderarse de la ciudad de Leningrado (la actual San Petersburgo). Los soviéticos construyeron una intrincada defensa alrededor de la ciudad, camuflaron edificaciones históricas con redes que impedían determinar su perfil y llegaron a colocar explosivos por todo el subsuelo para volar la ciudad si era tomada, incluyendo a enemigos y población civil que quedaba en la ciudad.[3]

Pero Hitler, ante la perspectiva de tener que mantener a una población enemiga de más de 3.000.000 de habitantes, instruyó que se le sitiara y se dejara morir a la población por hambre y frío. El sitio duró casi 900 días, desde 1941 hasta 1944. La población rusa sitiada fue sometida a la más increíble lucha por la supervivencia, donde el agotamiento de los alimentos llevó a parte de la población a realizar actos de antropofagia y mercadeo de cadáveres.

Cientos de miles de familias murieron de frío y hambre en sus hogares, los orgullosos habitantes de esta otrora ciudad cultural motivados por el hambre dieron cuenta desde palomas y gatos hasta ratas. Los casos de canibalismo fueron frecuentes.[4] La ciudad estuvo a punto de perecer si no hubiera sido que se estableció un corredor a través del helado Lago Ladoga por donde llegaba una escuálida ayuda a los sitiados. Los muertos hasta ser liberada la ciudad superaron la cifra extraoficial de 1.200.000.

Un leve contrapunto a este horror cometido por el “hombre” contra el propio “hombre” (nadie se altere si no uso el femenino ya que está implícito). En este post voy a extraer unos breves extractos, reflexiones sobre cómo puede responder la psique humana en hechos tan marcadamente horrosos, Cualquier guerra es horrorosa ya que ninguna de ellas tiene sentido y es lo que la nueva Humanidad habrá de erradicar POR COMPLETO Y ABSOLUTAMENTE. No se puede “vivir”, mucho menos desarrollarse o crecer interiormente en situaciones donde las personas que ostentan el poder llevan al resto de la humanidad a situaciones extremas. Tampoco estamos en buen camino, todos lo sabemos, ya que ahora la guerra no es exterior, es interna e intenta destrozar al Ser Humano y sus Raíces, sus uniones más puras y sus expresiones más válidas como ser humano en relación a su propia especie, al resto de especies vivas y a todo lo Creado.

Esto que voy a exponer viene de un libro que Harrison E. Salisbury publicó, hace algunos años, bajo el título de Los 900 días. El sitio de Leningrado.

En estas exposiciones no voy a exponer las actitudes humanas de unos humanos hacia otros, sino de unos seres humanos que, en situaciones límite, han sabido sacar su Luz y unirse a los seres más pequeños que muchas veces, o casi siempre olvidan muchos: los animales, en concreto respecto a las ratas que aún quedaban en Leningrado, ya que todos los demás fueron sacrificados y comidos. Tampoco narro lo que hubo de canibalismo porque sí, lo hubo, eso fue cierto, y esto se practicó no sólo ahí sino también en otros frentes, en concreto en el japonés, los japoneses, según unos documentos destapados últimamente no sólo se comieron a los prisioneros, sino hasta incluso a sus compañeros, y como nota más gris, según estos informes, mantenían a los “sacrificados” vivos, extrayéndoles partes de su cuerpo con el fin de que el cuerpo durase el máximo de tiempo posible sin putrefacción. Japón muestra muchas luces pero también muchas sombras oscuras y que alcanzan la sinrazón; ojalá que este país haya aprendido realmente, pero mucho me temo, que, al igual que todos, siga la misma tónica que el resto de países “en progreso social”. Mis respetos a Japón y a sus gentes ya que hay gente maravillosa, como en todas partes; las lacras siempre vienen de parte de los gobernantes de tales países o estados, el sinsentido viene de parte de los ciudadanos que dejan hacer y arrastrar-se por tales gobernantes y estados. No pongo ni un segundo en duda de que en todos los pueblos de este planeta existen seres humanos, lo suficientemente sabios para guiar al resto, si esto fuese necesario. Digo guiar o mostrar los caminos, NO liderar.

** ** **

(…) No todas las ratas se habían marchado de Leningrado, Vsvevolod Vichnevsky conocía a una poetisa, que antaño había sido una belleza. Ahora vivíai sola en Leningrado. Permanecía sentada en un apartamento envuelta en un chal y un abrigo de karakul (raza de oveja), y calzada con gruesas botas. Por la noche se sentaba junto a una pequeña estufa de hierro, enseguida acudía una pequeña tropa de ratas, tranquilas, impertérritas. Ella las dejaba estar, porque al menos le hacían compañía. También ellas apetecían el calor. . Y así pasaba las noches, una tras otra, junto a su pequeño círculo de ratas. Quizás éstas esperaban a que la poetisa estuviese más débil… (…)

(…) En aquellos tiempos, la gente adoptaba una actitud especial respecto a las ratas. La poetisa Vera Inber y su marido, el doctor Strachun, tenían un ratón en su helado apartamento, le llamaban princesa Mychkina. A principios de agosto, la princesa desapareció, sin duda había muerto. Vera se sorprendió de lo mucho que añoraba al ratón; éste, era como un destello de vida en  un mundo helado. Pocos días después, Vera había anotado en su Diario, que princesa Mychkina había aparecido de nuevo. Vera  y su marido celebraron el acontecimiento con media cebollita cruda, bien cargada de sal y espolvoreada con pimienta, su ración de pan, tres tortitas y un poco de vino generoso de Ararat. Cuando se acostaron, oyeron que princesa Mychkina estaba haciendo de las suyas, mordiendo las migajas como un pájaro. Después el ratón se encaramó a la jarra de la leche. Naturalmente estaba vacía. Vera encendió una cerilla, y sacando fuerzas de flaqueza, princesa Mychkina saltó de la jarra y desapareció. (…)

(…) Un ratón planteó un dificil problema a un chico de Leningrado. Su abuela tenía un bote de hojalata donde guardaba extraordinarios trocitos de pan y galleta que podían conseguir. Era la “manzana de la sed” de la familia. Si todo lo demás fallaba –pero sólo entonces– echarían mano del bote. Un día, el chico estaba solo en el helado piso. Oyó ruido dentro del bote de hojalata. Comprendió lo que esto significaba: un ratón se estaba comiendo las reservas. De momento  no sabía qué hacer: ¿debía abrir el bote y soltar el ratón?, ¿debía abrir el bote, matar el ratón y tirarlo?, ¿o debía matar el ratón  y comérselo? Esta última posibilidad fue la que más le tentó, ya que, al fin y al cabo, el ratón había estado comiendo sus reservas. La idea de comerse al ratón le pareció un tanto repugnante. Por último abrió el bote y dejó escapar al animal. Después de todo el ratón estaba tan hambriento como él, y ¿cómo podía saber que no tenía el mismo derecho que él a la vida? (…)

(…) Otros vecinos de Leningrado, por muy hambrientos que estuviesen, dejaban todas las noches un platito en el suelo con unas pocas migajas que sirviesen de ración mísera a un príncipe Mychkin o a una princesa Mychkina. (…)

(…) Desde luego en Leningrado no quedaban pájaros. Los primeros en desaparecer habían sido los cuervos negros y grises del Norte de Europa. En noviembre emprendieron vuelo hacia llanuras alemanas. A continuación se marcharon las gaviotas y las palomas, después los gorriones y los estorninos. Se morían de hambre y de frío, como las personas. Algunos decían que habían visto caer muertos, como piedras, a los gorriones en pleno vuelo sobre el Neva. A finales de diciembre casi no quedaba un gato o un perro en la ciudad. Habían sido devorados. En el mes de febrero sólo quedaban cinco perros policías de guardia en servicio en el departamento de Leningrado. El traumatismo  psíquico era tan grande que cuando un hombre tenía que matar a un animal al que  había querido durante años, éste quedaba destrozado. Un artista anciano estranguló a su gato mimado y se lo comió; después trató de ahorcarse, pero le falló la cuerda y cayó al suelo rompiéndose una pierna, muriendo más tarde por congelación. (…)

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Lo que sigue relata la violencia del hombre contra el hombre, los robos, hasta incluso de parte de cadáveres depositados en el cementerio.

He querido dejar este pequeño destello de Luz de la psique  humana, que aún en situaciones de horror como los que se han vivido no hace ni ochenta años, muchos humanos han sentido el calor de la Vida, precisamamente, en la presencia de los inocentes habitantes de este Planeta, que, aunque depredadores también, no organizan guerras globales ni continentales ni terrenales para exterminar a sus semejantes. Los animales no tienen “inteligencia” pensante, pero sí la tienen cognitiva, absolutamente todos; no tienen un lenguaje oral, pero hablan entre ellos, yo los he oído, por ejemplo, los ratores se hablan entre ellos, tienen su lenguaje; también los pájaros. Hay otros animales que hablan con el movimento de su cuerpo y la palpación directa sobre otro semejante… y así.

Es que ellos, nuestros hermanos, los no-inteligentes, no organizan batallas cruentas horrorosas para el exterminio del resto de los seres vivos, por lo tanto no hacen uso tampoco de sofisticados sistemas y armas de exterminio.  Creo que la “inteligencia” así usada, no les hace falta, para absolutamente nada.