RELATOS

Abro página nueva. Inicio con dos relatos cortos. Una en homenaje a aquellos que no pueden “hablar”, sino… lo que nos contarían…

El otro ya sabéis a quién está dedicado, al enano que hizo tanto daño a la Humanidad, A.H., pero como bien dicen los judíos de la Kabalá todo tiene un Sentido… quizás lo tuvo. Ahora es momento de que los israelitas dejen de tocar los melones a los Palestinos. Reconocer a nuestr@s HERMAN@S es un justo Sentido de la Gran Sabiduría.

 

PRIMER MICRORRELATO:

Entre sufridos AMIGOS

La lavadora le dijo a la batidora:

–¡Hola, amiga! ¿Qué tal va eso?

–Pues mira, ya ves, desfaciendo entuertos y engrudos. ¿Y tú, qué tal?

–Pues eso, más de lo mismo, tragándome lo que a ti te limpian y si sólo fuera eso. Imagínate, el otro día, casi vomito y me detengo. Me habían metido mocos, bragas, calzoncillos, calcetines negros de grasa y “queso”. Y eso no fue todo, no… A veces quisiera haber nacido batidora como tú.

–Pues amiga, ¿qué te crees que me meten a mí en el estómago? Ajos, aceite, que si pescado, que si carne, que si bechameles…

–¡Ah, feliz de ti! Que sólo te dan la mejor parte. El otro día, sin ir más lejos, ese gremlin medio enano que grita tanto, me quiso meter dentro el gato, el Mishifuz, ¡suerte que empujé con fuerza la puerta y no pudo cerrarlo dentro!

 

*** *** ***

Segundo Relato Corto:

No es bueno ser Retrógrado o retroceder a “cosas inferiores”,  traen malas consecuencias.

Esto va para la Humanidad en su conjunto, porque estamos creando una pesadilla que puede volver a abofetearnos, salvo que… …

—¡Pero,… Adolf!, ¿qué tienes en los ojos?

—¿Yo?…

—Sí. ¡Mírame!

Adolf se giró lentamente hacia su interlocutora.

De sus ojos parecían salir una especie de volcanes que arrojaban chispas de fuego.

—¡Adolf! ¿Qué tienes?

—Yo… Nada…

Su boca comenzó a moverse incongruentemente. Parecía querer gesticular alguna palabra, pero no salía nada.

Un poco más tarde, comenzó a salirle un hilillo de baba por las comisuras de los labios.

—¡Adolf, salgamos, vayamos a un hospital!

—¡No tengo nada, zorra!

—¡Oh, Dios mío! ¡No!

—¡Aparta, lagarta!

Adolf se agarró lentamente al asiento de delante. Trató de incorporarse, pero, sin conseguirlo, se dejó caer de nuevo en su butaca.

Volvió a intentarlo de nuevo, pero esta vez con un extraño vigor. Se agarró con fuerza al mismo asiento, y, haciendo palanca con los brazos se lanzó en una especie de salto descomunal hacia delante, yendo a parar cuatro hileras de asientos más allá.

Cayó de pie encima de una pobre señora, que, entrada en quilitos, de un golpe vomitó las palomitas que estaba engullendo.

Adolf realizó dos saltos más de ese estilo, situándose delante de la gigantesca pantalla de cine que reproducía la película: «No estamos solos».

Allí, ya desatado, se arrancó la ropa a zarpazos, y, gruñendo y babeando, comenzó a lanzar gritos espantosos. Sus ojos ya eran dos puntos de fuego que aterrorizaron a todo el mundo allí presente.

Simultáneamente todo fueron gritos, pisotones, empujones… La gente huía despavorida ante tal infernal presencia.

De repente, Adolf se agachó para coger ímpetu en un nuevo salto.

La gente que quedaba allí, espantada, se apretujó contra las paredes de la sala dejando un círculo vacío.

Adolf con un grito aterrador saltó hacia el techo.

Y, ¡sí…! ¡Qué golpe fue a dar el pobre Adolf! ¡Aterrador! Tras romper las placas del techo de la sala fue a aterrizar con un sonoro batacazo en el centro del círculo.

Cayó de espaldas, con los ojos fijos hacia arriba… De sus ojos ya no salía fuego, simplemente se quedaron vidriosos como los de un pescado muerto.

—Ya te lo había advertido ¡Adolf! No era bueno rememorar hazañas.