Parábola de la buena siembra

Esto que os voy a explicar ahora, es, más o menos, lo que ha sucedido con los resultados políticos en este país.


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Había una vez una mujer que teniendo un trozo de jardín, que quedaba aislado de la casa por una puerta de acceso.
Un buen día, viendo que tenía todo ese trozo de tierra, decidió que no podía dejarlo yermo y que de esa Tierra debía de sacar algún provecho para su sustento.
Entonces, cogiendo un paquete de semillas de judías, comenzó a sembrar por diversas partes del jardín.
A partir de aquel día, cada mañana, al amanecer, muy temprano iba al jardín y regaba las semillas que había sembrado, transportando cubos de agua que recogía de su balseta. Así, daba hasta diez viajes, cada mañana y cada tarde, con un cubo de agua en cada mano, ya que no disponía de riego directo y los sembrados le quedaban como a unos veinte metros.
Su satisfacción comenzó cuando un buen día comenzó a ver a los plantones emerger. Sacaban su cabecita de la tierra, fuertes, espléndidos.
Pero esta ilusión duró poco: a los dos días de ver los plantones emergidos, comenzó a observar que sus hojas se retorcían, estaban mordisqueadas o picoteadas y que muchos de ellos habían sido arrancados de cuajo.
También observó que muchos de sus plantones no habían, tan siquiera, hecho su aparición en el lugar de la siembra.
Con paciencia, volvió a resembrar los sitios baldíos, y comenzó a ver al cabo de unos diez días cómo comenzaban a salir, como ramos preñados de verde, de la tierra, ya que esta vez se cuidó de no echar una o dos semillas, sino que echaba casi un puñado.
Siguió la misma destemplanza: vio que también con estos plantones sucedía lo mismo, y no sólo con los plantones que había sembrado en la tierra sino con los que había puesto en algunas macetas con la intención de transplantarlos.
Vio que esas plantas tan fuertes, hermosas y que le daban el saludo a la vida eran, todas, sistemáticamente, cortadas por el tallo, mordisqueadas sus hojas y que este comportamiento aumentaba. Quizás, pensó, es la gata que se me ha colado en el jardín.
La gata no era suya, sino que era una gatita pequeña con un cascabel que había decidido venir a verla. De hecho, todos los días saltaba por la valla y venía a saludarla, cariñosa y ostensiva.
Pensó: –Si ella ha entrado y está aquí es porque ha visto al animal que está haciendo esto.
Descartó a la gata por el tipo de mordedura, descartó a sus perros, descartó a las ardillas que saltaban y corrían por los troncos de los pinos… Entonces decidió estar atenta, y, aunque no vio a ningún animal hacer tales fechorías, a la cuarta vez de asomarse una mañana y entrar de súbito en el jardín vio que unos animales alados, que no eran tordos (los ladronzuelos de los sembrados y las olivas), ni palomas ni tórtolas, sino que se trataba de unos alados de color verdoso que huían entre los pinos, listos, avispados y más que rápidos. No eran tampoco cotorras porque son más grandes, eran como agaponis, pero no pudo observarlo bien ya que estaban como muy lejos rápidos y dispersos.
Volvió con un poco de tristeza: o dejaba ya terminar de masacrar a los plantones que quedaban, ya que eso no era casualidad sino un ataque diario, o bien cogía la hazada y enterraba los plantones que quedaban.
Al cabo de unas horas volvió al jardín, dispuesta a terminar con tales hurtos y fechorías.
(Hay que decir que esta mujer también amaba a las plantas y que no consideraba justo tales “matanzas”, porque respetaba la vida de cualquier ser vivo.)
Cogió un cubo y, pidiendo perdón a sus plantones, los fue arrancando uno a uno colocándolos en el cubo con sus raíces.
Les pidió perdón de nuevo por lo que les estaba haciendo y les dijo mentalmente que prefería que muriesen rápido que no lento y en la forma en que lo estaban haciendo.
Con una buena bolsa de plantones en la mano se dirigió a la casa y los metió en el congelador, por lo menos, pensó, si no voy a comer yo, que mis animales se coman los plantones con arroz.
Y así lo hizo.
En el lugar de los plantones puso, entonces, plantas decorativas: gitanillas y otras de rápido crecimiento: los ladrones ya no volvieron a pisar más el jardín.


** *** **
Moraleja de la parábola:
La Tierra es la Esperanza que se siembra con las Semillas del Cambio. Las Semillas, los plantones, son la Fuerza del Deseo real de Cambio para que florezca una nueva Humanidad, y que mucha gente ha(había) puesto-sembrado en el Cambio de algo que aquí llamamos “política”.
Los ladrones y destructores son aquellos que, viendo la oportunidad, han arrancado de cuajo los plantones, en este caso son todos esos que sin estar Preparados ni en Conocimiento ni en Humanidad han querido recoger rápido lo que no han esperado a Madurar y obtener así los frutos que alimenten no sólo a algunos sino a muchísimos más.
Las plantas de ornamento son aquellas que sin ser útiles para alimentar, ocupan un lugar: evitar que los ladrones usurpen los Deseos auténticos de un Buen Cambio para una Nueva y Buena Humanidad, hasta que surja la tierra, el lugar propicio y el tiempo en que los ladrones hayan abandonado ya los lugares de usurpación.
** *** **

Luego, si de verdad PONEMOS EN MARCHA LOS CAMBIOS, estos se producen, sin sangrías… Simplemente con Honestidad, con Humildad, con auténtico deseo Interno de servir-se no a sí mismos sino a una gran mayoría multidiversa.

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