El Maestro y la higuera

El Maestro, agotado de andar sobre piedras abrasadoras y punzantes, vio allá a lo lejos un pequeño oasis: la frondosa sombra de una higuera.

Al llegar junto a ella decidió descansar unos instantes. Se recostó en su tronco y dejó volar su mente hacia las puertas estelares que le abría su Espíritu.

En la higuera le acompañaban varios pájaros, que, al igual que él, buscaban también el cobijo de la sombra del mediodía.

El Maestro se hallaba lejos del poblado. Hoy se había alejado de sus discípulos, necesitaba meditar, estar solo y, sobre todo, estar en contacto con Su Padre.

Así, sin darse cuenta, dormitó un buen rato. Los alegres trinos de los pájaros le despertaron. Ya había pasado el mediodía y el Sol iba aproximándose también a su ocaso.

Se levantó, sacudió su túnica y, de repente, recordó que tenía sed y hambre. Miró entre las ramas de la higuera, pero no encontró ningún fruto que colmase su necesidad.

Entonces, miró con tristeza a la higuera. Recordó en aquel momento que gentes del pueblo le habían comentado que allí, en medio del desierto de rocas y piedras, había una higuera muy grande que jamás dio fruto.

El Maestro, mirándola, se apiadó de ella:

–Amiga, si bien es cierto que jamás has dado fruto y eso te condena a que ya no tengas descendencia alguna, sí has servido de morada para los cansancios de los terribles calores míos y de los pájaros, y de más de un peregrino, seguro. No te puedo bendecir para que prolongues tu existencia ni que tengas continuación alguna. De hecho, sabes, amiga que estás condenada a secarte y a que tu vida y tu memoria sean olvidadas y que cuando lleguen los futuros peregrinos te maldigan, porque estás seca y no das sombra alguna en el camino.

Marchó el Maestro tras decirle estas palabras a la higuera.

La Higuera sintió, entonces, tal tristeza por las palabras del Maestro que cuando se hubo perdido en la lejanía, fue secándose, sus hojas cayeron al suelo marchitas y sus ramas se doblaron con una terrible pena, abrazando su tronco. Quiso llamar al Maestro y preguntarle, pero ya era tarde, el Maestro se había ido.

Así, triste y solitaria murió la higuera que en un tiempo había vivido segura de que daba sombra y cobijo a los hombres y a los pájaros, pero nunca llegó a pensar que debería de haber dado descendencia para recibir las bendiciones de los peregrinos de las cuales alimentarse, y los viajeros alimentarse de su sombra y sus higos. Nunca pensó que dar fruto era tan importante como cobijar unos instantes con su sombra, nunca pensó que debió de haber fructificado para que su existencia fuese imperecedera.

*** *** ***

El Maestro se hallaba en una pequeña colina. Allí, a su alrededor, se encontraban aquel día cientos, miles de fieles y seguidores. Las gentes de aquel pueblo habían ido para escuchar las palabras del Maestro.

Había gente todo tipo: peregrinos, tullidos, ciegos, sordos, mudos, jornaleros, artesanos, incluso por curiosidad habían acudido también algunos fariseos y siervos de algunos ricos amos.

La turba esperaba expectante las palabras del Maestro.

Comenzó a hablarles sobre el Reino de los Cielos y las infinitas Moradas de su Padre. Les relató la parábola de la malas hierbas, la del hijo pródigo, la del camello que jamás entraría por el ojo de una aguja…

Pero, aquel día, aquella muchedumbre se encontraba inquieta, no estaba por oír cuentos ni parábolas. Aquella muchedumbre iba alentada para escuchar grandes promesas, promesas de la liberación de aquellos pueblos de manos de sus opresores, los romanos y los recaudadores de impuestos.

Entonces, comenzaron a gritarle, a abuchearle, comenzaron los fariseos y los siervos de los amos, que habían sido enviados para ello, para soliviantar a la muchedumbre y echarse sobre el Maestro.

También los más desgraciados y menesterosos comenzaron a sentirse inquietos, ellos querían pan, vino, milagros que los librasen de sus miserias y desgracias. Empezaron a gritarle:

–Maestro, Mesías, si eres el Enviado: líbranos de nuestros males. Queremos ver los ciegos, queremos hablar los mudos, queremos andar los tullidos. ¿No resucitaste a los muertos? ¿Por qué no libras a tus pueblos de los opresores?

Entonces el Maestro, viendo que aquella muchedumbre jamás entendería lo que quería comunicarles se puso de pie y alzó sus manos. Con un gesto, hizo brotar a su lado un árbol, que rápidamente comenzó a crecer y crecer, hasta que se convirtió en una frondosa higuera.

Ante los ojos de la muchedumbre, atónitos, comenzaron a ver cómo la enorme Higuera se iba secando.

El Maestro les dijo:

–Marchad todos. Mi Reino no pertenece a este mundo. Mi Corona de Ungido no es de oro. Mis Panes no satisfarán jamás vuestro hambre. Mis Peces jamás nadarán en vuestro estómago. Mi Vino jamás será el de vuestras Bodas con lo Divino.

–MARCHAD TODOS. SOIS COMO ESTA HIGUERA QUE ESTÁIS VIENDO CÓMO SE ESTÁ SECANDO. Vuestra vida, sin fruto, jamás dará semilla sobre la TIERRA. MARCHAD.

Cuando terminó de secarse la higuera, brotó de su interior un Fuego. El Fuego la devoró.

La muchedumbre huyó despavorida.

El Maestro viéndoles huir miró hacia el Cielo y dijo:

–Padre, perdónales porque son ciegos, sordos, mudos, sus cuerpos están tullidos porque no están nutridos ni de Pan ni de Peces ni de Vino. Perdónales porque como esta pobre Higuera se están condenando a SÍ MISMOS.

——————–

Aunque, hoy todavía quiera entenderse literalmente lo del Pan, los Peces, el Vino y la Higuera, entiéndase que esto no es así. Creo que esto lo sabéis muchos de vosotros, pero todavía hay mucha gente que por la fabulación, y porque no han querido o sabido decir con claridad su significado los mudos que no hablan sino lenguas terrenales, los ciegos de Corazón y los sordos de la Sabiduría Cósmica, siguen empeñados en ofrecernos como reales estos Símbolos.

El Pan está relacionado con la Tierra y con todos los misterios de la Creación, la base de la Vida.
Los Peces con el Agua y con el Amor que son los que llevan la Vida.
El Vino es la ebriedad del Amor mismo, la Boda Cósmica con nuestro Creador, nuestra Entrega.
La Higuera es la falta de fructificación de nuestra Vida Espiritual en esta Tierra y no saber y no querer darla, también es la ignorancia. De hecho, de forma “verídica” la higuera está relacionada con la esterilidad humana.

Son los cuatro Elementos. Tierra, Agua, Fuego y Aire.

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