Carmencita la “mataora”

Carmencita me dijo:

–Voy a matar a mi hijo!!

–Anda yá mujer, ¿cómo vas a matar a tu hijo?

–Abre la puerta.

El trastero estaba construido tras la casa, un cuartito de no más de cuatro metros cuadrados.

–¡Ah!

–Saca, saca eso, dámelo, voy a matar a mi hijo.

–Pero, mujer, ¿cómo vas a matarlo? ¿Esto es de verdad?

–Que te lo digo en serio: lo voy a matar, me tiene harta.

Allí, frente a mí y otras descomposturas había una señora escopeta… No era de juguete, no. Era una auténtica escopeta, la primera que había cogido en mis manos desde que había sido pequeña y un primo me enseñó un día a tirar perdigones a unos latones vacíos, no sé si con éxito (y de eso ya ni me acordaba).

Con asco y con asco y con asco, dije a Carmencita:

–Anda, toma. Mira, de todo lo de este “mundo” esto es lo que menos me gusta: un arma.

–¡Bah! Si es de perdigones.

–¿Y qué?, los perdigones también matan.

–Yo, yo voy a matar a mi hijo!!, como venga, lo mato, lo mato…

–¡Bah!, déjate de tonterías, ¿dónde dejo esto?

–Allí, en cuanto venga que se la lleve. No quiero más cosas suyas, viene y me deja aquí toda la porquería.

Pues sí, de verdad, el garito-trastero estaba realmente lleno de porquería: botas, escopetas rotas, chaquetas de caza, porquería, más porquería… como a veces se denota que muchos de nosotros tenemos a veces nuestras “cosas” en los trasteros.

–Mira, ahora no me digas nada, que tengo la picha hecha un lío. A ver dime qué es lo que más necesitas para ordenarlo.

Me llevó más de una hora ordenar aquello.

Carmen estaba tan enfurecida con todo lo que le hacen sus hijos, especialmente aquél, el cazador que le deja allí las armas, la porquería, las botas, las cientos de palomas de “competición” que tiene por allí en el patio, y los pobres “perros” de caza. ¡Ah! Esas perrillas, fueron las que me llamaron, porque cada día que pasaba se ponían a llorar cuando yo las saludaba. Esas pobres perrillas, siempre encerradas. ¡Hola Guapas, hasta luego! Un día y otro, y pensaba: “Tengo que entrar en esta casa, tengo que entrar y saber cómo están”. ¿Cómo sabía que eran perras y no perros? No me lo preguntéis.

¿Cómo sabía que “iba a entrar en aquella casa”? Pues quizás cuando algo se desea de verdad, por una necesidad que no forma parte de nuestro “ego”, pues se producen las Sincronizaciones.

Eso es: ni más ni menos, eso es.

Carmen es un Amor. Carmen cerca ya de los ochenta, inválida, tiene por ahí aparcadas no sé cuántas sillas de ruedas. Su esposo, un angelico, como yo los llamo, va, no en silla de ruedas, sino con un andador, también tiene por ahí aparcados varios. Pero ahora lleva uno chulo: con ruedas y con una cestilla y que se convierte en una silla requerido el caso.

¿Cómo va a matar a su hijo Carmen? Bueno, allí le dejé los trastos que le iba a tirar a la cara, según ella. Cerramos el trastero con llave y se la llevó para que no lo tocase más.

¡Ay, Madres de este Mundo! Carmen (es la que hace con cinco hijos (hijas e hijos) y uno que se le murió. A sus cerca de ochenta años, ella, con su energía a veces que es la que la lleva, como un cabreo constante, es lo que hace que no se detenga, que cada día con su dolor, con su espalda operada, con sus piernas hinchadas, tiene una energía y una fuerza que no la tengo ni yo. Ella es la que acuesta y levanta a su marido, cada día, cada día. Su marido, el pobre, el pobre angelico, como le llamo yo, ya lleva en su pobre cabeza nada menos que cinco embolias, nada menos.

Aún y así y todo, la buena de Carmen me confiesa que más que hijos, a veces lo que tiene son sanguijuelas que hasta le “roban” cosas, porque le sacan para la compra, se le llevan las cosas que compra, encima le piden pa’tabaco, y luego, cuando a uno se le rompe un coche, ella, no solo paga las reparaciones, sino que acoquina con las furgonetas de segunda mano.

¡Madres de este Mundo! ¿Cómo vais a matar a vuestros hijos?

Hoy me decía:

–Cuando lo pille lo mato.

–No hace falta, Carmen, créeme, que ya se morirá solo.

Su cara se le va cambiando, se le ve más dulzura, ahora espera a que llegue para contarme sus cosas mientras le voy arreglando los desarreglos que ella no puede.

Sí, está más tranquila, me enseña su cama que es especial, que se eleva con un mando; su agarrador de la pared para cuando se levanta por la mañana y va a levantar a su marido al otro cuarto.

–¡Ah, Carmen, créeme, esta energía es la que te tiene viva, pero ten cuidado con ella!

¡Madres de este Mundo! ¡Madres de todo el Mundo! ¿Quién va a contaros nada si a pesar de vuestros cabreos estáis aguantando sobre vuestras anchas espaldas lo que habéis parido? Pues nada: en la nevera cocacolas fresquitas, zumos pa’los nietos… Me cuenta tanto que me pierdo, no sé cuántos bisnietos tiene… no sé… porque me pierdo, sólo me acuerdo de que tiene un hijo escopetero al que quiere matar, y otro al que le saltó un ojo una maldita pólvora, que “jugando” un día cuando tenía dieciséis años, le saltó a la cara, justo en su ojo derecho y le cambió la vida para siempre. ¡Ah, maldita pólvora, malditos petardos!

No dejéis a vuestr@s niñ@s “jugar” con esas cosas tan raras que destrozan y matan, por muy güais, mu’chulas o mu’festorreras que sean. ¡Palabra!

Carmen, la “mataora”, qué buena es, porque a pesar de que diga que lo mata todo, lo que mata es todo aquello que ella no alcanza. Pero le basta, quizás le baste un poco de Cariño y de atención. La verdad, va cambiando su cara, está cada día más guapa.

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