Parábola de los tres monos

Había tres monos que vivían muy integrados entre ellos. Se llevaban tan bien que ninguno discutía, ni ponía pegas sobre el otro opinase, creyese o estableciese.

Según ellos, vivían en un mundo de perfección. Habían conseguido el estado perfecto de la comunicación y del bien llevarse que tanto habían anhelado sus anteriores antepasados.

Era un mundo en clara progresión de bienestar ciudadano. Cada cosa estaba en su sitio, y había un sitio para cada cosa.

El primer mono se llamaba Mudo, era un mono joven, en cierto modo atrevido e inquieto.

El segundo mono se llamaba Sordo y era un mono adulto que vivía bastante más tranquilo y relajado.

El tercer mono se llamaba Ciego y era un mono anciano que había vivido grandes experiencias y se consideraba ya de vuelta de todo.

Mantenían un régimen muy especial entre ellos, a través del cual su mundo era realmente equilibrado, todo proyecto, obra o decisión era consultada y consensuada entre los tres. Tal era el entendimiento que hacía mucho mucho mucho tiempo que habían sido sombrados trirreyes de ese especial mundo, donde todo marchaba bien y nadie discutía con nadie siguiendo el ejemplo de los trirreyes.

Así las jornadas transcurrían pacíficamente, día a día, en el palacio de los Monos Regentes. Cada mono se hallaba en posesión de su particular sillón. Eran sillones elegidos entre los tres, entre los tres habían decidido cuál sillón era para cada uno de ellos.

El sillón del mono Ciego era un trono viejo, desgastado, con la tapicería toda descolorida y fea.

El sillón del mono Sordo era un trono con unos elevados apoyabrazos, muy elevados, tanto que le llegaban al nivel de los hombros.

El sillón del mono Mudo era un trono sin respaldo ni apoyabrazos, eso sí, tope de moderno y anatómico para sentarse en él al estilo mono.

Se respetaban tanto los tres monos que ninguno de los tres había puesto de relieve los defectos de cada uno. Es decir, los tres se hacían entender que no tenían ningún defecto.

El mono Mudo ocultaba que no podía hablar. El mono Sordo ocultaba que no podía oír, y el mono Ciego ocultaba que era totalmente ciego.

Eso no parecía importarle a ninguno de ellos, ya que como así demostró el pueblo de aquel singular país, los colocaron como trirreyes en el palacio de los Monos Regentes.

Cuando tenían que dilucidar sobre algún problema expuesto por los ciudadanos del país, siempre llegaban a un consenso y siempre el ciudadano marchaba contento con la sentencia y la solución dictada al respecto.

¿Cómo transcurría una jornada normal en tal palacio singular donde ejercían su sabiduría los trirreyes?

Por la mañana, muy temprano, se abrían las puertas del palacio para dejar entrar a los ciudadanos que deseaban exponer sus cuitas a sus reyes.

Ordenadamente iban entrando de uno en uno hasta la presencia de los tres. Se sentaba el ciudadano, entonces, en una silla que, alejada de los gobernantes como unos cinco metros, podía permitir a la perfección explicar a sus gobernantes lo acaecido y lo que le llevaba ante su sabia presencia.

El mono Mudo escuchaba del ciudadano el problema expuesto. Asentía con la cabeza y entonces se encaramaba sobre el apoyabrazos del trono del mono Sordo y hacía como que le contaba el problema a su colega. Prácticamente pegaba sus labios a la oreja a fin de que se enterase bien lo que trataba de comunicarle.

El mono Sordo asentía con la cabeza dando a entender que estaba al tanto de todo y entonces procedía a levantarse, se acercaba al trono del mono Ciego, y, allí, frente a él, alababa a éste su sabiduría y lo ajado de su trono que tantísimos años llevaba sirviéndole de soporte para dictaminar sentencias.

Entonces, el mono Ciego se levantaba del trono, apoyado en el brazo de su colega sordo, y agarrándose a él a modo de soporte se expresaba de la siguiente manera:

–Si bien, querido ciudadano, he escuchado lo expuesto por ti, también he recibido la opinión y el consejo de mis otros dos colegas reyes. Ellos, son realmente sabios, y creo, que, al igual que yo cada uno merece una distinción sabia. “Querido Ciudadano, yo, en el fondo, no Veo el problema que expones, ya que puedes resolverlo por ti mismo sin que acuda la ley. Lo mismo opina mi colega Sordo, quien me ha comunicado que no Entendiende él tampoco lo que expones, porque tú mismo puedes resolverlo, y no cree que debas acudir a la ley para su resolución. Así mismo nuestro común colega Mudo nos ha dicho que cree que no debe Decirte nada por su parte, ya que, al igual que nosotros, entiende que tú estás totalmente capacitado para resolver tus problemas, sin que acuda la ley para intervenir.”

Dicho esto, los tres reyes se levantaban y unían sus manos derechas en símbolo de aprobación conjunta y de sabia decisión sobre el problema expuesto.

El ciudadano, se levantaba, entonces, todo contento y feliz, sabiendo que sólo de él dependía la solución de su problema.

Y así… … …

Mientras en el Palacio de los Monos Regentes “reinaba” la total concordia y la sabiduría brillaba como el aceite sobre el agua de un estanque.

Allí, fuera de aquel maravilloso paraíso que habían erigido como mundo particular los tres monos regentes… … …

Los ciudadanos cuando salían del palacio gritaban contentos con la decisión de sus reyes, entonces, cada uno con su sentencia propia, iba derecho a cumplirla.

… … …

En aquel país, fuera de aquel singular Palacio Regente reinaba un orden total. Nadie intervenía sobre nadie, no había ley ni moral, salvo la que dictaban los trirreyes, y ésta estaba en manos de cada ciudadano.

El que se sentía ultrajado acudía a la casa del ultrajador y, sin mediar palabra, sacaba la maza y dejaba tieso a su ofensor.

El que había sido robado acudía hasta el ladrón que le había quitado su pertenencia, y, allí mismo, sin mediar palabra, con un hacha le cortaba las manos.

El que había sido insultado iba tras quien le había proferido los insultos, y, sin mediar palabra, con un cuchillo, le cortaba la lengua.

… … …

Sí, era un país realmente ordenado, todo el mundo sabía de la sabiduría de esos grandes trirreyes. Como todos sabían lo que tenían que hacer, el orden no faltaba entre ellos. De hecho, se trataba de “orden” bien entendido, no de Justicia, puesto que cumplían el “orden” según el entendimiento y coyuntura de cada cual.

De hecho, era un país donde cada día habían menos y menos ciudadanos, pero eso sí, todos andaban la mar de satisfechos y orgullosos con su régimen abierto y sabio de colaboración directa con sus tres magistrales reyes.

Innegablemente cierto, creían, siempre creyeron que esos tres reyes eran perfectos. Jamás supieron que tenían un rey mudo, otro sordo y otro ciego, porque entre los tres existía tal unión y tal entendimiento y tal respeto entre ellos, que jamás se lo contaron el uno al otro, con lo cual también se creyeron los tres que, con el tiempo, cada uno había dejado atrás esos míseros “defectos”.

—————-

Como sois perfectamente sabios vosotros también, no ignoraréis que este régimen de trirreinato gobierna en muchas partes de este planeta. Porque los sabios de los dirigentes se ocultan y apoyan unos a otros. Un mudo no puede aconsejar con sus palabras a un sordo. El sordo no puede aconsejar ni a un mudo ni a un ciego porque no ha escuchado nada ni del problema ni de lo acaecido. El ciego, considerando que no puede ver el entorno que envuelve cada problema se considera sólo capacitado para que cada cual escoja su propio precipicio donde arrojarse.

Sí, en este mundo de ciegos, de mudos y de sordos lo que reina es la armonía de la destrucción más completa.

Cuando el ciego deje de serlo, entonces es probable que el sordo pueda escuchar lo que a su alrededor sucede en realidad, y puede que entonces se obre el milagro de que el mudo pueda hablar y por fin pueda exponer lo que ha estado oprimido en su interior sin poder ser expresado.

Milagros del Cristo: dio vista a los ciegos, dejó que los sordos escuchasen y devolvió el habla a los mudos. Quien quiera entender que entienda… porque de los otros “monos” ya sabemos el resultado del “No Ver, No Oír, No decir”. Aunque muchos lo han impuesto como “sabiduría”, el que quiera Entender que Entienda, que esto no es sabiduría sino la complicidad ciega, sorda y muda y falta de Luz de quienes ostentan los poderes, contentando a los criminales en potencia y sentenciando a muerte a quienes no entren por su palacio.

Acabaré creyendo que el único gran Milagro que nos dio como herencia el Maestro Cristo fue el de que dejásemos de ser sordos, ciegos y mudos y que Él era el Guía, el Camino, la Puerta. Pero… ¿de verdad, todavía no hemos entrado en el Entendimiento de su Sabiduría y de sus Milagros?

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