Parábola de los dos Hijos

Había dos padres. Cada uno tenía un hijo. Cada uno de esos hijos tenía la misma edad: ambos eran adolescentes.

Vamos a llamar al primer adolescente Abel. Al segundo adolescente lo vamos a llamar Caín.

Un día ambos adolescentes que eran amigos y compañeros pero pertenecían a grupos distintos, marcharon a la ciudad. Era su día festivo y querían celebrarlo como normalmente hacen todos los adolescentes de su edad.

En las celebraciones del grupo de Caín intervenía todo lo propio de su tiempo y edad: discoteca, chicas, botellón, tabaco, marihuana, carrera de coches, apuestas absurdas,… vaya, todo lo propio de los chicos de su edad, extrovertidos y campurrieros.

En las celebraciones del grupo de Abel, por el contrario, intervenían también cosas de los chicos de su edad, pero eran más comedidos. Tanto era así que optaban por cosas distintas como hacer excursiones largas a lugares distintos, ir a escalar montañas, navegar con kayacs, patinar en hielo, asistir a conferencias y charlas, pero a ellos también les gustaba ir a las discotecas y beber algo más prudentemente, ya que igual que los otros también eran jóvenes adolescentes.

En ese día sucedió algo absurdo: ambos grupos se encontraron en una discoteca… y, sin saber por qué, pero temiendo que de un lado se quiso que surgiese la gresca, ambos grupos se enfrentaron: primero verbalmente, después la discusión subió de tono, después llegaron las hostias, los golpes, las patadas… luego se procedió a más (total, para qué se iba a quedar ahí la cosa), llegaron a arrearse con botellas, vacías y llenas, con las sillas del local, con las mesas… Sí, todo un espectáculo que nadie supo ni quiso parar.

La sangre brotaba alegremente como el champán cuando se descorcha una botella. Los ojos que perdieron sus composturas eran ya bastantes.

Muchos ya cansados y, sobre todo, heridos se fueron. Entre ellos salieron del local Caín y Abel.

Al encontrarse en la calle, en vez de recapacitar, al ver Caín que Abel estaba solo, decidió jugar una gran carta que le diese el triunfo entre los de su grupo.

Cuando Abel estaba descuidado allí, sentado en cuclillas en el suelo, llorando por lo sucedido, ya que aquello no le gustaba ni lo había querido en absoluto, Caín cogió un adoquín que estaba por allí tirado en la acera y le arreó a Abel en toda la cabeza.

De su cabeza brotó el rojo líquido que arrastró su vida. Antes de perecer Abel miró a Caín a los ojos y le dijo: “¡Perdóname! ¡Perdónanos a todos!”

–Ja, ja –rió Caín–. ¡Toma, estúpido!

Y le asestó el último golpe en la cabeza.

En esas, cuando ya nada tenía remedio vino el gran tumulto: todos los chicos salieron y se quedaron mirando el triste espectáculo. Algunos reaccionaron pronto y salieron corriendo para no ser cazados. En pocos minutos la policía hizo un cerco y detuvo al culpable: Caín.

** *** **

El día del entierro de Abel, su familia lloraba desconsolada antes de que el féretro entrase definitivamente en el agujero de la pared que iba a tragarse toda una Vida. Una vida joven. Una vida joven sesgada que nadie entendió el por qué, salvo que fue el errado acto de un estúpido joven que quiso imponer algo que no le correspondía a él: la muerte de su semejante.

Nadie lo entendía, por muy jóvenes que fuesen. Nadie lo entendía. El padre de Abel lloraba desconsolado. Abel no tenía madre ni hermanos. Caín no tenía madre ni hermanos.

Allá bastante lejos, en una esquina del cementerio había un hombre, un hombre grisáceo vestido de negro, que apoyado en una pared de nichos contemplaba el adiós del joven y el desconsuelo de su familia. Él también lloraba desconsoladamente.

Era el padre de Caín. Lloraba de una forma que no tenía remedio, porque para él era como si hubiesen matado a su propio hijo, salvo que fue la paradoja de que fue el suyo quien arrebató la vida del otro. Lloraba a la vez también por su propio hijo, por su inconsciencia, porque, seguramente algo se le escapó de entre las manos para que eso llegase a suceder.

En un momento en que el padre de Abel levantó la vista, vio que el padre de Caín se encontraba allí, sin atreverse a acercarse a su familia, y no por temor sino por respeto al dolor que había causado su propio hijo.

El padre de Abel, terminada la ceremonia se acercó al padre de Caín. Ambos hombres lloraban y al verse, se abrazaron. Se fundieron en un abrazo de hermanos que nadie supo entender. Nadie.

El padre de Abel le preguntó al otro por qué lloraba. El otro respondió que lloraba porque Abel estaba allí muerto y que lloraba porque Caín le había quitado la vida.

El padre de Abel le dijo, así mismo, que él lloraba porque Caín había quitado la vida a su hijo y que ese dolor ya sería imborrable tanto para él como para Caín a partir de entonces. Le dijo a su vez que lloraba porque sabía lo que Abel le había dicho a Caín en el momento de quitarle la vida:

–¡Perdóname! ¡Perdónanos!

El padre de Caín, confuso, le preguntó cómo su hijo Abel se había atrevido a pedir perdón a su asesino.

Entonces, el dolorido padre, pero con una luz inexpresable en su rostro le dijo que Abel le había dicho aquello para que Caín no arrastrase aquel crimen hacia otra vida. Abel le había pedido perdón a Caín porque vio que Caín lo que necesitó mucho desde pequeño fue del Abrazo sincero de Sinceros Amigos. No lo tuvo, esto le hizo errar por caminos peligrosos y de odio y de falta de Amor.

Abel le dio su último Abrazo de Amor para que Caín fuese perdonado por y para la Eternidad.

** *** **

Años más tarde, cuando Caín salió de la cárcel era un joven totalmente distinto. Siempre andaba contrito, siempre recordaba, siempre llevaba en su interior, en su mente y en su Corazón el rostro de Abel. Cada día recordaba aquella frase:

“¡Perdóname! ¡Perdónanos!”

** *** **

En el cementerio había un joven frente a la lápida de un nicho. Era Caín. Caín llevó flores a su Amigo.

–Perdóname, Abel. Recibe hoy mi Abrazo, el que tú quisiste Darme porque no pudiste ser más claro: “Quien no recibe Amor, no sabe darlo”.

** *** **

La historia terminará con el fin que cada cual desee ponerle. La sentencia del Cuento es que quien NO RECIBE AMOR, NO SABE DARLO.

Es nuestra Obligación Amar sin Condición y sin etiquetajes a todo aquel que más lo necesita. Amar a todo aquel que se encuentre a nuestro lado, perteneciente o no a nuestro grupúsculo o familia. Amar todo lo que nos rodea, porque la Fuerza de la Vibración del Amor es lo que Restaura y nos IMPULSA hacia la auténtica Evolución. Hacia nuevas moradas donde hallaremos las fuerzas que vamos a precisar para seguir escalando en la Montaña de Dios.

Una vez en el pico de esa Montaña encontraremos el Vacío Hermoso donde lanzarnos hacia la inmensidad de lo Desconocido. Seguramente, en el vuelo, el Arquitecto Perfecto nos dará las Alas que necesitemos para cada ocasión o destello temporal de Vida cristalizada.

Insha’Allá

** *** **

Dedicado a todas las Víctimas de uno u otro lado. Porque hasta que este “mundo” no gire y cambie su rumbo y su sentido Humano, todo lo peor seguirá reproduciéndose.

Dedicado a Andreas Lubitz, y a todos los Andreas que Andreas fue anidando.

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