La parábola de la Montaña

Habiendo cruzado el gran Río, me dirigí hacia la Montaña Sagrada.

Allí, habiendo subido la mitad de la altura de la Sagrada Montaña, me encontré con los Grandes Sabios que unían el Mundo con el Cielo. Ellos me dijeron que subiera hasta la Cima de la Sagrada Montaña y que allí encontraría la Respuesta que andaba buscando.

Al llegar a la Cima me encontré con que no había nada: sólo el precipicio le rodeaba. Abajo se contemplaba, inmensa, la Creación de los bosques, valles y ríos. Entendí en ese precioso instante que Todo estaba Unido, que Cielo y Tierra eran lo mismo. Sentí tal gozo en mi interior que todo lo que me había llevado hasta allí desapareció. Sentí tal éxtasis que me dejé llevar en brazos de mi Creador.

Entonces, me lancé al vacío. No sentí vértigo ni miedo alguno. A medida que me iba precipitando en vuelo libre, extendí los brazos. En ese instante contemplé maravillado cómo mis brazos se iban convirtiendo en Alas.

Mi Creador me había Transmutado en un Águila. Más extasiado todavía que nunca antes, gocé de mi nueva condición. Volé en total Libertad contemplando aquello que había abrazado mi Corazón en la Cima.

Volé y volé. Creo que, quizás fueron días enteros en los que gocé de mi nueva condición, agradecido por lo que me había brindado el Creador.

Pero, llegó un día en que comencé a sentir cansancio. Hasta ahora el éxtasis no me había dejado lugar a ninguna otra percepción. Me dirigí hacia el saliente rocoso de una montaña. Allí me recogí y comencé a sentir un hambre espantoso.

Ese hambre terrible hizo cruzar por mi mente pensamientos contrarios a todo lo que había sentido hasta ese momento. Rogué a mi Creador y le pregunté por qué me había convertido en Águila si sabía que más tarde iba a sentir el fragor del hambre.

Oí su voz, me dijo: “Dirígete hacia el valle”.

Resuelto, me lancé en picado y viajé hasta el valle que había en la falda de aquella otra montaña. Allí, en el valle, habían pastando un buen número de ovejas. Entonces, defraudado, desconfié del Creador.

–¿Por qué me has hecho esto? ¿Acaso debo matar las ovejas para subsistir yo? No quiero matar a ninguna criatura. ¿Por qué me has convertido en águila para matar a mis hermanas?

Las ovejas alzaron su testuz y me miraron. No se espantaron, siguieron contemplando mi vuelo sin huir.

De nuevo la voz del Creador me dijo: “Pósate en el suelo”.

Sin pensarlo me dirigí hacia el pasto y me posé entre las ovejas. Cuando me vi entre ellas, contemplé, otra vez admirado, que de nuevo había obrado otro milagro el Creador: era un Hombre, otra vez, entre las ovejas.

Recogí su leche y me alimenté. Ellas me aceptaron como a su pastor. Entonces anduvimos por los valles agradeciendo nuestra existencia.

Me sentía tan maravillado… tan extasiado. Le pedí perdón al Creador por haber dudado. No hubo respuesta, sólo vibró la sensación del éxtasis y del Agradecimiento en toda su dimensión.

Llegado un día vino hasta nosotros, sorpresivamente, una manada de lobos. Al contemplarlos, sentí con horror que tendría que hacer algo imperioso para que los lobos no atacasen a las ovejas.

De nuevo las dudas. “¿Por qué, mi Creador, me has convertido en pastor, si ahora, seguramente, tendré que herir o matar a algún hermano lobo? No quiero matar. No entiendo por qué me has convertido en pastor”.

La voz del Creador sonó de nuevo: “No temas, deja que los lobos se vayan acercando, no huyáis”.

De nuevo me inundó la confianza y dejé que los lobos se nos fuesen acercando. A medida que los lobos estaban cerca, éstos se iban transformando en ovejas.

En mi rebaño habían ahora ovejas blancas y ovejas negras. Increíble. Me sentía tan extasiado contemplando tan grande Milagro que durante días bailé ente mis ovejas, acariciándolas y dando gracias a nuestro Creador porque se estaba Obrando todo lo que parecía imposible.

Éramos ya un enorme rebaño. Fuimos creciendo, nuevos corderos venían a la vida. Íbamos de aquí para allá recorriendo todos los inmensos pastos que iban alimentando a mis ovejas y ellas a mí.

Transcurrió un tiempo indecible, un tiempo lleno de felicidad que compartía con las criaturas vivas de los valles y los bosques, y con mis fieles compañeras.

Transcurrió el tiempo y entonces comencé a notar que la hierba comenzaba a escasear y que mis ovejas iban a morir por inanición y que yo también iba a morir con ellas.

De nuevo me enfrenté al Creador:

–¿Por qué me has hecho esto, Padre? ¿Por qué ahora tengo que ver morir a mis ovejas, y seguramente yo también perezca con ellas? ¿Por qué se han ido secando los pastos?

De nuevo la voz del Creador dijo: “Coge un gran haz de hierba seca cada y dirígete hacia el Río”.

Así lo hice. Así llegamos hasta la orilla del Gran Río.

El Creador me dijo de nuevo: “Reparte la hierba entre tu ganado y que crucen el río hasta la Montaña Sagrada”.

Así lo hicimos. Cada oveja llevaba un manojo de hierba seca en la boca y comenzamos a cruzar el Gran Río.

En mitad de las Aguas cada oveja soltó la hierba que llevaba en la boca, arrastrándola el Río hacia su destino: la Fecundidad.

Al otro lado estaba la Sagrada Montaña. Comenzamos todos a subir por ella. El cansancio desaparecía. Las ovejas iban alborozadas. Había desaparecido el hambre.

A mitad de la montaña llegamos de nuevo a la Cueva de los Hombres Sabios.

Ellos me dijeron: “Tú ya has cumplido tu parte, quédate entre nosotros. Ellos deben, ahora, de cumplir la suya”.

Mientras las ovejas iban subiendo hacia la Cima Sagrada, se iban convirtiendo en Hombres. Cuando llegaron a la cima contemplaron extasiados la Maravilla de la Creación de los bosques, ríos y valles. Permanecieron en esa contemplación un tiempo indefinido.

Entonces, los hombres Transformados se lanzaron al Vacío. A mitad del vuelo abrieron sus brazos, contemplaron cómo se iban transformando en Águilas.

Las Águilas llegaron hasta el valle donde habían nuevas Ovejas. Se transformaron de nuevo en Pastores. Los Pastores acompañaron a las Ovejas y se alimentaron de ellas. Las Ovejas se multiplicaron y se mezclaron con los Lobos. La hierba volvió a cerrar su ciclo. Cogieron todas ellas manojos de hierba seca y se dirigieron con sus pastores hacia el Gran Río.

** *** **

La Parábola es: Debemos de devolver al Gran Río todo lo que la Creación nos ha entregado, para que así la Fecundidad alcance al resto de los Seres Vivos. Debemos confiar en nuestro Camino, sabiendo que cada Ciclo que nos conduce hacia las Respuestas que buscamos, va tener la Transmutación que necesitamos para llegar a formar parte de la Sabiduría del Creador. Sabiduría que deberemos extender así mismo entre todos aquellos que nos acompañen en nuestro Camino y conducirles hacia la Montaña Sagrada.

* ** *

Este Cuento me fue comunicado una mañana, mientras, preocupada, caminaba. Pedí respuestas sobre lo iba a pasar. Esa Voz, me contó este Cuento. Fue más breve… Lo grabé en mi mente, y ahora os lo Transmito.

3 Respuestas a “La parábola de la Montaña

  1. Hola mi querida amiga. Muy ilustrativa tu historia. Me ha gustado. Sabes? Aunque en el fondo yo desearía no tener que realizar esa especie de eterno retorno a la materia. No sé, es como una lucecita interior que te indica que más adentro está todo iluminado y radiante, que cierres la puerta de ese tu exterior…porque entra el frio. Jaja
    Bueno Aquarius no te olvides que espero. Creo que te llegará mi dirección electrónica que acabo de meter para seguir “de nuevo” el Blog. ¡Olvídate de la anterior ¡ Un abrazo Amiga mía

    • Betha, que el frío ese no entra páná. Sólo hay frío en este gobiernomundis, y el frío ya sabemos quien te lo mete por donde no debe.
      Te he mandado un correo. Besos y Flores de Primavera. Abre la Ventana porque los fotones arrean con fuerza y veremos cosas grandes

  2. Apreciada Bertha, el primer correo no me fue devuelto, el de .org. El de .net, me acaba de ser devuelto. He puesto Berty y el resto, vaya, copiado y pegado.

    Bueno, he borrado tu mensaje, no hay problema, me diriges un correo, si quieres al que indico en la pestaña de arriba, así no hay pérdida. Saluda de mi parte a quien le haya llegado el primer correo.
    humanosenelcosmos@gmail.com

    Besos

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